Vivir sin partitura
Vivir sin partitura Historias de bar En un bar, los ratos libres son escasos. Pero cuando irrumpen —breves islas de sosiego y silencio— el tabernero, con las manos reblandecidas por el constante roce con la vajilla mojada, baja la pesada persiana de la mente y comienza a acariciar las cuerdas. Tiene tres guitarras, dos bandurrias y algún laúd colgados en la pared del fondo del comedor privado. No todos saben que están; los tiene solo para su deleite personal, a diario los revisa, se asegura de que están afinados, y en algún momento de cada jornada sus dedos se pasean por sus desgastados trastes. Hace años, demasiados, su vida giraba en torno a esas cuerdas. Estaba en Madrid, rodeado de una pandilla de bohemios románticos que cantaban con el alma, a veces por unas monedas, otras por una risa. Aprendió a mirar de frente, a escuchar a los otros, a tocar de oído y a cantar sin miedo al ridículo. Aprendió a vivir sin partitura. Fueron años intensos, d...